Siempre he admirado a los pedagogos que llamo del sentido común, seguramente porque mi sentido se ha formado a partir del suyo, que han llevado al aula lo que consideraban mejor para sus alumnos acertando unas veces, fallando otras. Son esos docentes de lo cotidiano que algunas veces han trascendido a los tratados de pedagogía, como Freire, Freinet, Ferreiro... y la mayoría de las veces, desde el anonimato, han dejado su impronta en su escuela o su instituto; filósofos de lo práctico que aplican en el aula su bagaje de experiencia con una mezcla de formación, experiencia, imaginación e intuición (y mucho sentido común) y que dan recetas cuando les preguntas, porque las tienen. A esos sí los he conocido y me han enseñado mucho más que la mayoría de los libros de pedagogía, psicología o didáctica que estudié.
Tampoco me apasionan los clubs de fans, ni siquiera los clubs de fans tecnológicos; he conocido docentes que se declaraban fervorosamente constructivistas como se es del atleti y partidarios del aprendizaje colaborativo que eran capaces de recitar, casi sin respirar, las cincuenta diferencias entre su opción favorita y el aprendizaje cooperativo. No me gusta seguir un modelo a rajatabla, pero sí tener referencias, cuantas más mejor, para probar y comprobar qué resulta mejor y cómo lo que resulta mejor con un grupo o con un alumno concreto no produce los mismos efectos con otro grupo o con otro alumno: ni los contextos ni las personas son generalizables, ni están presentes en la página treinta y cuatro del libro de texto.
Pese a todo lo dicho y, precisamente, por todo lo dicho siempre he pensado que sin filosofía no somos nada, y que es la filosofía la que abre caminos a la innovación educativa, que no llega por la introducción de las TIC en las aulas, sino de la capacidad de cambio de los educadores que nos permitirá llegar, en nuestro caso a una pedagogía de las TIC y con las TIC en la que se construyen conocimientos a través de proyectos de trabajo y partiendo de modelos pedagógicos adaptados de otros. A una comunidad de aprendizaje en la que interviene toda la comunidad educativa bajo el amparo del proverbio africano para educar a un niño es necesaria toda la tribu y que requiere de la participación en la toma de decisiones de padres, madres, voluntarios, profesorado, alumnado, administración, instituciones y entidades del entorno para alcanzar esas competencias básicas que han estado siempre en la buena práctica docente.


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